
Había una serie de televisión hace millones de años, que se llamaba
"La aventura de las plantas" (con una sintonía de
Joel Fajerman que nunca olvidaré), y la en la cabecera de inicio se veía el crecimiento de una planta: cómo germina, como brota, como va creciendo, hasta que florece.
Pues así me siento yo, como una maceta. Vale, no es un símil muy poético, pero la realidad es ésa.
Para alguien como yo, a quien la llamada de la maternidad no acababa de llegarle (al final fué la propia maternidad la que se presentó en casa sin avisar ni nada, y yo con estos pelos), es toda una experienca sorpendente, emocionante e inesperada. Porque una nunca sabe lo que se puede llegar a sentir hasta que se siente, claro está. Y a parte de sentir náuseas y mareos también se siente un gran amor por una cosita que está ahí dentro creciendo a toda velocidad, a la que sin comerlo ni beberlo le vas a transmitir tu código genético le guste o no, tus neuras, le gusten o no, y todas tus alegrías y también tus preocupaciones. Entonces te entra un sentido de la responsabilidad que nunca antes habías experimentado. Y eres consciente de que es personita va a depender de tí durante mucho tiempo. Y tendrás que ser un ejemplo para ella. Y tendrás que esmerarte en su educación (no me refiero a pagarle un colegio privado, creo que me entiendes).Y ...
Madre mía, ¿dónde me he metido?.
Por suerte hay también cosas buenas: Siempre es un motivo para la esperanza. Tienes la posibilidad de hacer de ella una persona con fundamento (o sin ninguno, y no siempre dependerá de tí)o al menos procurarlo. Puedes compartir toda la música de tu vida con ella. Puedes enseñarle tus sitios favoritos, y descubrir juntos otros nuevos. Compartir aficiones, sentimientos, experiencias y muchas risas.
Pero ya estamos adelantando acontecimientos. Todavía queda mucha espera, mucha espectación, mucha ilusión y cierta incertidumbre por delante.