
Llámame loca, pero yo creo en las hadas. Como tú puedes creer en los marcianitos verdes con antenas, en el ratoncito Pérez o en papá Noel. Yo creo en las hadas.
Y cuando voy al campo las presiento con la brisa, las intuyo entre los rayos del sol y las huelo en la hierba fresca. Sé que están ahí, pero por algún motivo no se dejan ver. O tal vez son mis ojos que han perdido su inocencia. Dicen que solo los niños y los animales las pueden reconocer.

Quisiera fotografiarlas y coleccionar sus imágenes, como aquellas afortunadas hermanitas Wrihgt de Cottingley ... Mentes descreídas afirmaron que todo aquello fué una farsa. Yo opino que no; Sir Arthur no podía estar equivocado.
De acuerdo, aquellas hadas de los bosques de Inglaterra parecían recortables de cartulina, eran estáticas, y sus atuendos demasiado modernos para la intemporalidad que les presupone a las hadas. ¿Pero quién lo puede confirmar?, ¿quién nos dice que las hadas no puedan seguir también su propia moda?
Yo sigo saliendo al campo con mi cámara en ristre y mis seis sentidos alerta, dispuestos a percibir cualquer suave susurro, cualquier eco lejano de una risa diminuta, o un pequeño soplo de brisa provocado por el fru-frú de sus alitas.













































